22 noviembre 2010

Finde en Santiago

Aprovechando que a Marta le regalaron en su empresa un bono de dos noches de hotel con Plan B este fin de semana pasado estuvimos en Santiago de Compostela.

Los dos lo conocíamos, pero no podíamos dejar escapar este año Jacobeo, ya que el siguiente no es hasta 2021, así que hace un par de meses reservamos los vuelos a Santiago con Iberia (curiosamente, la primera vez que volé en avión fue haciendo la misma ruta Madrid-Santiago) e hicimos lo propio con el hotel.

Dentro del paquete, el hotel que había en Santiago era el Hotel Altaïr. Y la verdad es que a priori íbamos a la expectativa del mismo.

Pues bueno, ya desde la llamada el día anterior avisándoles que llegaríamos tarde (nuestro vuelo llegaba a las 23:55 a Labacolla) ya pudimos percibir la amabilidad, que luego comprobaríamos in situ.

Llegamos tarde (sobre las 00:45) al hotel y nada más entrar en la recepción, vimos que tenía encanto (y de nuevo trato amable). La habitación (aún siendo una doble "normal") era preciosa.

Pero al día siguiente, en el desayuno, ya vimos el resto. El hotel está regentado y atendido por unas chicas a cada cuál más amable. El desayuno en el coqueto bar (seis mesas)la verdad es que fue impresionante. Te daban a elegir (y repetir, y combinar y...) tostada en pan gallego, el típico cruasán plancha, zumo natural, mermelada casera (que si de higo, arándanos, pétalos de violeta, ...), jamón serrano, queso de tetilla, membrillo, tarta de Santiago, ... Vamos, de todo para salir a recorrer la ciudad con las pilas cargadas.

Después de desayunar, podías quedarte un rato en la sala de estar que tenían junto a la recepción leyendo la prensa, revistas o algún libro de los que tenían con música tipo "jazz" de fondo al volumen adecuado, cosa que nosotros no hicimos.

La casa, según nos comentó una de las chicas que nos atendió es de finales del siglo XVIII y a la hora de rehabilitar lo único que queda original es el muro de piedra de más de 1 metro de ancho de las fachadas y la barandilla de hierro forjado de la escalera principal. Pero la verdad es que se nota buen gusto en la rehabilitación de la casa (digna de aparecer en cualquier revista de arquitectura).

El domingo, repetición en el desayuno y, como el vuelo de vuelta a Madrid lo teníamos a las 20:40, lo típico, dejar las maletas para que te las guarden. La verdad es que el tiempo empeoró bastante el domingo y cayeron unos buenos chaparrones. Además, aprovechando la casualidad que unos amigos que viven en Gijón y a los que hace un año que no los ves y no conoces a su hijo de siete meses pasan el mismo fin de semana en La Coruña que tú en Santiago, quedamos con ellos para comer y como la tarde no estaba como para dar muchos paseos, fuimos al hotel a tomar un café y disfrutar de una charla agradable con ellos.

Al despedirnos del hotel, lo mismo, amabilidad por su parte y un obsequio: un par de tarros de mermelada casera de la que nos daban en el desayuno por la mañana.
Así que lo dicho: nosotros si volvemos a Santiago para hacer noche allí, ya sabemos en qué sitio nos alojaremos: Hotel Altaïr.

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