18 julio 2009

Viva el romanticismo

Pues sí, señores. Hoy en día, en el deporte profesional, aún se puede encontrar el romanticismo.

Y qué mejor lugar para ello que en el British Open. Junto con el Masters de Augusta los 2 grandes entre los grandes.

Pero si encima el hecho se da en Escocia, cuna del golf, ya tiene todos los visos de convertirse en una epopeya.Probablemente mañana despertemos del sueño, y el Open lo gane un golfista de la nueva escuela, machachado en gimnasio que destroza el driver, pero mientras tanto tenemos tiempo para disfrutar de la historia que supone ver líder a un golfista de 59 años. Pero un golfista que ya ha levantado 5 veces la copa del Open (además de 2 Masters y un US Open). Ojalá que Seve acertara con sus palabras de consuelo cuando le birló el Open en 1984 en St. Andrews "aún eres joven para volver a ganar el Open".

Cansados de tener que alejar los tees de salida en Augusta, o dejar el rough hasta las rodillas, o plantar árboles para cerrar las calles y ponérselo difícil a jugadores y fabricantes, o tener un control férreo de los palos y materiales todo ello para evitar la escalada de números rojos en las tarjetas de juego lo único que se conseguía era favorecer aún más a ese tipo de jugadores que su mayor virtud es pegarla recta y lejos (sobre todo lejos).

Pero bastaba con jugar en un campo "de los de toda la vida". Golf en estado puro. Golf en sus orígenes. No golf de lujo ni de resort. No golf de jubilado en Florida ni de cerrar un acuerdo de negocios. Un links escocés, junto al mar de Irlanda. Sin árboles, pero con la furia del viento, la arena playera en la que no existen los chiringuitos pero sí inundan los bunkers.

Como marco incomparable del Open. Del British Open. Historia del golf.

Ya he dicho que probablemente mañana despertemos del sueño. La princesa no besará al sapo y sí al príncipe dormido y este se levantará vestido de golfista del siglo XXI. Pero ello no impedirá que algunos hayamos disfrutado con el cuento, porque sabemos que el final feliz dejó de existir en cuanto crecimos...

¡O no!

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